Más de 10 años viviendo en chabolas, la realidad que enfrentan migrantes en Almería
Uno de cada cuatro migrantes en Almería lleva más de 10 años viviendo en chabolas

Chabola levantada en un asentamiento.
La población andaluza nacida en el extranjero ya alcanza el 11% del total, una cifra ligeramente inferior a la media nacional. Más allá del dato, una de las claves del fenómeno migratorio es saber dónde vive realmente este sector de la sociedad. En el caso de Andalucía, el mapa es claro: la mayoría de los migrantes se concentra en las provincias costeras, donde la agricultura intensiva se erige como uno de los motores principales de la economía. No sería descabellado decir que, allí, entre invernaderos y campos de cultivo, la presencia extranjera no solo es visible, podría ser estructural.
Y es que, según el entorno, cambia también el perfil de los migrantes que lo habitan. Coordinado por Francisco José Torres, profesor de Análisis Geográfico Regional en la Universidad Pablo de Olavide, el informe Migrantes y desigualdades en Andalucía, elaborado por el Observatorio de Desigualdad de Andalucía (ODA), revela patrones claros de asentamiento: mientras la población procedente de Centro y Sudamérica tiende a instalarse en municipios grandes y con mayor dinamismo económico, los migrantes de origen africano se concentran mayoritariamente en las provincias litorales con fuerte presencia de industria agrícola.
Sucesos
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En este contexto, Almería y Huelva lideran el número de asentamientos chabolistas de población migrante en Andalucía.
A estas alturas, nadie va a descubrir la pólvora hablando de migración en Almería. La presencia de personas extranjeras, independientemente de su origen, forma parte del paisaje social y económico de la provincia. Lo que sí conviene subrayar es el nivel de vida de algunas de estas comunidades, muchas de las cuales sobreviven en condiciones muy alejadas de los estándares básicos de dignidad.
Alquileres y requisitos
Según el informe del Observatorio de Desigualdad de Andalucía (ODA), los asentamientos informales no son una excepción, sino una realidad estructural. En Almería, una de cada cuatro personas que vive en estas condiciones lleva al menos una década haciéndolo. El poblado Walili o los asentamientos de El Cortijo El Uno, ambos en Níjar, son ejemplos visibles de esta precariedad crónica: chabolas levantadas en descampados que poco tienen de entorno residencial y donde la amenaza constante es tener que marcharse de un día para otro.
Pero… ¿por qué acaban ahí? Según el estudio, y comparando con la provincia de Huelva —otra gran potencia agrícola andaluza con la que Almería compite—, la diferencia principal es que en Almería el sector no ha podido asumir el coste de ofrecer una vivienda digna a sus trabajadores. A esto se suman otros dos factores significativos: “la gente de aquí no quiere alquilarles” y “no reúnen los requisitos necesarios” para acceder a una vivienda formal. En particular, el primero ha sido denunciado en repetidas ocasiones por sindicatos y ONG.
Níjar
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Irse a vivir a un asentamiento
En estos asentamientos predomina una población mayoritariamente masculina y joven, con menos de 45 años, procedente principalmente del continente africano. Por su parte, las mujeres representan apenas dos de cada diez habitantes en Almería. El 27,6% no estaría empadronado.
Los motivos para vivir en estos asentamientos son diversos, pero coinciden en aspectos clave: la falta de recursos económicos para pagar una vivienda formal, la proximidad al lugar de trabajo que facilita ganarse la vida, y la entrada al asentamiento a través de redes de conocidos que ofrecen apoyo y guía en un entorno hostil.