La familia Hernández recupera el pasado alfarero de 6 generaciones
Salvador Hernández, padre e hijo, han comenzado a enseñar las técnicas más tradicionales

Salvador Hernández procede de una familia de alfareros.
“Mi abuelo nos decía que esto era pasar hambre, y por eso no nos enseñó a ninguno de los nietos”, afirma Salvador Hernández, quien con el fallecimiento de su padre se decidió a no dejar perder la tan arraigada labor del alfarero. Desde entonces han pasado ya 18 años de aprendizaje autodidacta, aunque pese a que nunca se había puesto sobre un torno, “mis tres hermanas, dos hermanos y yo siempre nos hemos criado entre cacharros”, por lo que no le ha sido muy difícil recoger el testigo. Además, cuenta con las nuevas tecnologías que han dado paso a tornos y hornos eléctricos que facilitan la labor.
Barro
Sigue siendo totalmente tradicional la realización del material con el que se trabaja. Una mezcla única (un secreto familiar) que se deja decantar en balsas especiales que ha construido sólo para ello. Varios días dura el proceso hasta que tiene la textura adecuada y posteriormente se prensa de forma cilíndrica para poder trabajarlo. De hecho, según destaca el veterano, ya son pocos los artesanos que aún dedican su tiempo a la elaboración propia de la materia prima; algo que realiza precisamente “porque lo hago para que no se pierda la tradición”.
A partir de ahí llegan las manos expertas de Salvador y su hijo Salvador, capaces de realizar las jarras más tradicionales de Vera, pero también de innovar con nuevas técnicas de coloración o de grabado. “A las jarras tradicionales de aquí no les pongo nunca color, no vaya a ser que las generaciones de antes se enfaden”. Pero la característica de las piezas procedentes de Vera era no sólo la falta de coloración, también el color pálido de la vasija, debido a la cocción a muy alta temperatura. La piezas llegaban a prácticamente toda la provincia, puesto que eran intercambiadas por los artesanos. “Eran unas jarras únicas y mi abuelo las llevaba hasta Sorbas y Albox, y las cambiaba por las que se hacían en otros pueblos”, mantiene Salvador.
Generaciones
Su hijo es ya la sexta generación documentada de alfareros en la misma familia, aunque la tradición familiar dice que puede llegar hasta ocho generaciones de personas dedicadas a lo que hoy tan solo son elementos decorativos, pero que durante siglos han sido elementos indispensables en cualquier casa y una principal fuente de ingresos para los municipios productores, puesto que su adquisición también atraía las ventas de otros productos.
Salvador Hernández, el abuelo, fue el último en dedicarse en exclusiva a la alfarería, su hijo Bernardino ya compaginaba su trabajo en una fábrica de zapatos con la alfarería por la noche. “Por el día mi abuelo terminaba las piezas que mi padre había comenzado la noche anterior”, recuerda Salvador.
Ser alfarero hoy es un hobby, para él mismo un trabajo de enseñanza autodidacta que no duda en transmitir a su hijo, primero, y ahora a las muchas personas interesadas en los cursos y talleres que se imparten en los bajos de la Plaza de Toros.
Cinco picos
La tradición veratense ha trasladado la forma pentagonal de la torre de su iglesia a su cerámica más tradicional, así son sus jarras, sean tipo porrón, globo, mora o la jarra trampa que te moja si no sabes cómo usarla.
Hoy día han quedado en desuso los tradicionales aperos para las burras, las tinajas de agua y tampoco son utilizadas como elementos decorativos por sus grandes dimensiones, pero comienzan a realizarse algunas jarras tipo ánfora, más demandadas.
Sin duda, para que pueda pervivir esta profesión artesanal debe adaptarse y, sobre todo, abrirse a todas aquellas personas dispuestas a seguir la tradición tan arraigada.
Creatividad
“Dejarse llevar y crear, las horas se pasan volando”, destaca Paqui Martínez como una de las integrantes del taller que se realiza con apoyo municipal. Ella, como otras de sus compañeras ya realizan fruteros y distinto tipo de vasijas sin necesidad de ayuda. Salvador Hernández, como director del taller destaca que en cuatro o cinco meses, los alumnos ya pueden haber desarrollado destrezas para realizar piezas importantes, “el límite está en cada uno”.
“Además de las piezas tradicionales, puedes dejarte llevar e ir renovando. Cada pieza, y cada día es un mundo, son piezas únicas, ninguna sale igual que la otra”, explica este alfarero en los bajos de la Plaza de Toros de Vera, en concreto en el Tendido Cinco, hoy convertido prácticamente en un museo de piezas artesanales dispuestas en sus estanterías y colgadas por decoración en las paredes.
En la Plaza de Toros, a través de la colaboración indispensable por parte del Ayuntamiento, se ha conseguido los materiales necesarios para realizar un curso de cerámica que permite que la artesanía local perviva. Tornos y hornos ya no van con pedal ni con leña. Así, sea por llevar a casa unas creaciones propias o por la relajación que supone para muchos el domar y moldear el barro hasta conseguir una pieza, son muchas las personas, tanto de Vera como de los alrededores, que sacrifican las tardes de playa para participar incluso en verano.